colección frutos 2005/2006

los pequeños tesoros

Hace algún tiempo, junto al Mediterráneo, nació una niña con una gran pasión por el mar. Disfrutaba caminando por la orilla. Hundía sus pies en la arena mojada y observaba atentamente aquel microcosmos que el vaivén del agua le ofrecía. Conchas, caracolas, piedras de colores y pequeños trozos de madera y cristal. Celosamente, iba guardando sus pequeños tesoros, con el fin de seguir mirándolos en la intimidad de su hogar. Se sentía la niña más rica del mundo. Su cestita estaba llena de frutos del mar.

Con los años, el contenido de aquella cesta fue aumentando. Tanto es así, que se vio obligada a sustituirla por una de mayor tamaño. La niña había descubierto que la montaña también escondía cosas bonitas. Eran distintas a las del mar. Las sinuosas formas orgánicas del fondo marino se enfrentaban a la geometría y el ángulo de las entrañas de Gea. Los frutos de la mina desprendían magia. Eran transparentes, translúcidos u opacos, y de intensos, poderosos y luminosos colores. Tan diferentes a las maravillas que ella ya poseía. Pero igual de hermosos. No lo dudó ni un momento. No había motivo para la sustitución. Era la ocasión de sumar en su delirio por lo bonito. Quizá, algunos de aquellos milagros fueran más codiciados por el resto de los mortales que los otros. Pero para ella, todos tenían el mismo valor. Eran simplemente bellos.

Llegó el día en que aquella niña, sin apenas darse cuenta, se había convertido en toda una mujer. Formó una familia y redescubrió irremediablemente el mercado. Ese lugar donde uno, a simple vista, sólo va a buscar aquello que le permita satisfacer sus necesidades más primarias. Pero nuestra niña-mujer, cada vez que lo visitaba, quedaba fascinada por la explosión de colorido de las frutas y verduras. Ese escandaloso abanico cromático, conseguía encandilarla de tal forma que a menudo olvidaba el resto de la compra. A su pasión, ya conocida, agregó la frescura y el color de los frutos de la huerta. Todos eran frutos de la vida.

Tras algún tiempo, imitando a Peter Pan quién siempre aceptó la responsabilidad de velar por los niños perdidos, pero nunca renunció a su sombra infantil, decidió ponerse a jugar. A jugar y construir una colección que le permitiera compartir sus tesoros con el resto del mundo. Había que ir a buscar a Wendy, Juan y Miguelito. Tenía que enseñarles su país de Nuncajamás. Y para que el resto del mundo viera sus tesoros como ella siempre los había visto, decidió: transformar en joya el objeto encontrado y dotar de sencillez y espontaneidad aquellos elementos de por sí más ostentosos.

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